''formal", y tan decidido está a casarse con ella, que se
presenta ante el papá de la niña para pedirle su mano.
El buen señor, regocijado en su interior por esta
inesperada e infantil proposición, le sigue la corriente
aparentando interés y escuchándole con la mayor seriedad y,
después de formularle algunas preguntas respecto a su edad,
estudios y posición, se preocupa por saber con qué cuenta
para mantener a su futura esposa. -Pues verá, señor mío —contesta pepito, también más serio que un fiscal—. De momento no cuento con un ingreso cuantioso, pero con lo que me dan mis papas los domingos, puedo reunir unos sesenta pesos mensuales aproximadamente. Al oír esto, el hombre ya no puede contener la risa y le dice en tono afectuoso: —¿Sesenta pesos al mes? ¡Bah! Con eso no le alcanza a mi luja ni para papel higiénico. Pepito, desengañado y furioso, sale del despacho del señor, y al cerrar la puerta violentamente se encuentra con su novia, quien espera afuera el resultado de la entrevista, y deteniéndose ante ella la mira de pies a cabeza y le dice indignado: —¡Cagona!