20. ¡QUIÉN HABÍA DE SUPONERLO!

Rufina, la criada de la casa de Pepito, ha pasado unos días de vacaciones en su pueblo y a su regreso se le ve triste y apesa- dumbrada, siendo, como siempre ha sido, una muchacha alegre y dicharachera. Los papas de Pepito tratan de sonsacarle la causa de este cambio tan radi- cal, pero ella se encierra en un mutismo v contesta con evasivas a todas las preguntas que le hacen. Pero nuestro amiguito, iay, este picarón de Pepito!, quiere saber el motivo de su mal hu- mor, y cierta tarde en que están los dos solos en la casa, le dice cariñosamente: —Tu tristeza y abatimiento me afligen de veras, Rufina. Dime qué te pasa, que yo tal vez pueda poner remedio al dolor o pena que te torturan. Y la criada, reconociendo la bondad que emana de las palabras del niño, le confiesa sollozante: —Pues verás, Pepito, que cuando regresaba de mi pueblo en el tren, se me sentó a mi laclo un joven desco- nocido, pero que estaba lo que se dice "cajeta fina". Nos pusimos a platicar que si esto y que si lo otro, que si yo era soltera y que él también era soltero; que sus padres tenían un rancho muy grande en Pachuca, que nunca había tenido novia y que le gustaban las prielilas como yo... ¡Ay!, en fin. que se me fue acercando diciéndomc al oído palabras muy dulces... Luego me acarició... me besó... —¡Y allí mismo te...! —interrumpe Pepito, haciendo un gesto con las manos cerradas y con enérgico movimiento tic querer golpearse los flancos de su cuerpo. —¡No! ¡No! ¡Nada de eso! Verás que yo llevaba ochocientos pesos que me dio mi madre para que los metiera aquí en la Caja de Ahorros, y que eran produelo de una venta de pucrquilos que hizo. Pero como yo sé que en los trenes viajan muchos rateros, mientras esperaba en la estación de mi pueblo, me metí en el baño de mujeres y, sin que nadie me viera, envolví los billetes en mi pañuelo y me los até con un mecate junto a... bueno, en medio de eso que tú te puedes figurar y que te divierte tanto cuando te lo enseño. Pues el sinvergüenza, que primero me mete las manos por abajo, y yo también sin decir nada, hasta que de pronto, al llegarme al pañuelo, que me da un tirón y me lo arranca, llevándose todo el dinero. —¡Desgraciado! —exclama Pepito—. ¿Y cómo per- mitiste que ese ladrón te llegara tanto a un lugar tan íntimo? —Es que... la verdad, ¡yo creía que el hombre venía con buenas intenciones!

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